The danger of porn goes beyond just sex – it normalises unchecked desire | Andrew Brown | Opinion | The Guardian

The industry is built on the principle that the customer always comes first. Nothing and no one matters more than what the customer wants. This predictably leads to horrible damage to those who produce porn, and to the people who are their product. But there is also damage done to consumers who are offered their little holiday in a world of wish fulfilment. Some will want to emigrate there.

Fuente: The danger of porn goes beyond just sex – it normalises unchecked desire | Andrew Brown | Opinion | The Guardian


Getting off offline: when porn gets in the way of a real-world relationship | Culture | The Guardian

Many believe that porn is addictive, and that the endless stream of on-demand internet erotica makes real-life sexual experiences not stimulating enough

Fuente: Getting off offline: when porn gets in the way of a real-world relationship | Culture | The Guardian


Enganchados al porno ‘online’ | El País Semanal | EL PAÍS

Enganchados al porno ‘online’ | El País Semanal | EL PAÍS.

Nos adentramos en la vida extrema de los adictos al cibersexo

Noches en vela navegando por chats eróticos. Onanismo fuera de control ante la pantalla. Una doble identidad al margen de la pareja, la familia y el trabajo

Esta realidad paralela crece al calor de las nuevas tecnologías y afecta por igual a mujeres y a hombres. Al otro lado, una industria de contenidos sufre los estragos de la crisis económica

 

30 ABR 2014 – 00:00 CET

 

ampliar foto

Ilustración de Emily Forgot

EL ARDOR

A media tarde de un lluvioso jueves de primavera, Montse desliza el dedo índice por la pantalla de su tableta electrónica para desbloquearla y muestra uno de sus últimos rastreos por Internet. Sentada sobre un cojín del salón de su pequeño piso alquilado en Barcelona, pincha en un portal gratuito de vídeos pornográficos y aparece un mosaico repleto de imágenes divididas por categorías. Montse aparta la vista de la pantalla con un leve rubor y señala entre las carnales opciones que iluminan el artefacto dos de los variados géneros en liza: amateur y group sex.

“Los amateur me parecen más naturales. Me gusta ver la cara de alguien que no actúa. Por otra parte, en las escenas de sexo en grupo siempre hay alguien que propone algo novedoso. He llegado a quedarme un sábado entero aquí encerrada, viendo esto todo el tiempo y masturbándome hasta 18 o 20 veces. Te tienes que cambiar cuatro o cinco veces las bragas. Entonces caigo en la cuenta de que estoy fuera de control y me doy una ducha. ¿Quién deja de salir un sábado con los amigos, o a ligar, para quedarse viendo porno en casa? Entre semana es distinto. Me centro cuando estoy trabajando. Por la noche, ya en casa, miro vídeos del portátil en mi habitación antes de dormir. Si encuentro lo que me deja a gusto, me quedo tranquila y me duermo. Buscarlo es un chute de adrenalina. Da morbo que se trate de algo secreto. Nadie más sabe que hago esto. Ni mi compañero de piso. Aunque creo que sospecha algo. Bueno, hace 15 días conté todo lo que me pasa en la terapia de grupo a la que voy cada semana”.

He llegado a pasarme un sábado entero encerrada en casa, viendo porno y masturbándome hasta 20 veces”

Montse es guapa y delgada, tiene 33 años y ejerce como médico en un hospital barcelonés. Esta tarde en la que cae barro a plomo sobre Barcelona, fruto de una tormenta de origen sahariano, viste pantalones vaqueros y una blusa clara con estampado de flores. Aquí dentro, en este salón con paredes forradas de repisas vacías y una enorme televisión de plasma que casi siempre permanece apagada, Montse habla sin tapujos. Fuma tabaco suave y encadena con precisión pasajes de su biografía. El sexo no fue objeto de conversación frecuente con sus padres ni con sus dos hermanos mayores. Hija de un ingeniero y de una profesora de inglés y secretaria, descubrió el placer sexual a los 13 años. Vivió una adolescencia normal y una etapa universitaria que se truncó cuando un novio suyo tuvo un accidente de tráfico, permaneció en estado vegetal y murió años después.

Ella había sufrido algún trastorno anterior y a partir de entonces empezó a padecer ataques de pánico. Y algún arrebato suicida. Se acostumbró a los orfidales y a los antidepresivos. Y a mezclarlos con alcohol. Le descubrieron epilepsia del lóbulo temporal. Con el tratamiento, su vida mejoró. Y se instaló en Barcelona. Al principio compartió piso con dos chicas y un chico. Empezó a salir por la noche cada vez con más frecuencia. El alcohol mezclado con la medicación para la epilepsia le hacía perder el control. Cambió de piso y de amistades. Conoció a un compañero de trabajo aficionado a la fiesta y volvió a las andadas nocturnas. Se convirtió en consumidora habitual de cristal y cocaína. Y llevó una vida más que promiscua. Primero, los fines de semana. Poco a poco, también con más frecuencia al salir del trabajo. Una noche cumplió su fantasía: acostarse con dos militares a los que conoció en un after. Alternó incontables escarceos con novios más o menos formales y algún amigo especial que, según ella, aguantaba su ritmo en la cama. “Él y yo éramos capaces de encerrarnos aquí en casa y solo dejar de follar para comer algo. Con el tiempo, mi consumo de alcohol y droga fue en aumento. Perdía el control y me tiraba al primero que encontraba por la noche. También empecé a entrar en chats para conocer gente con la que liarme. Y a ver páginas porno para masturbarme compulsivamente. Hace un año y medio entré en terapia para quitarme de las anfetas que solía tomar para aguantar las guardias en el hospital. Y acabé en la consulta del doctor Navarro Sanchis”.