Las detenciones irregulares en São Paulo que empezaron con un militar infiltrado en Tinder | Internacional | EL PAÍS

EL PAÍS reconstruye la detención de 21 personas antes de una marcha contra el presidente Temer el pasado día 4Los manifestantes sospechan que un militar se infiltró en varias redes sociales, entre ellos una de ligue, para identificarlos

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Empresa busca ‘hácker’ | Tecnología | EL PAÍS

Empresa busca ‘hácker’ | Tecnología | EL PAÍS.


Algunas compañías se sirven de ‘piratas’ para que examinen sus debilidades

Jóvenes especialistas españoles hacen carrera en Estados Unidos

Asistentes a una feria informática en Londres. / C. R. (BLOOMBERG)

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“Puedes acompañarnos ahora o, si quieres, esperamos abajo hasta que vayas a comprar el pan”, le dijeron. Al salir del portal le pusieron las esposas y fue a comisaría. A. G. I. se lo olía. Era noviembre de 2012. Desde agosto, este experto en pirateo informático de 26 años que prefiere no dar su nombre, sabía que tarde o temprano recibiría esa visita.

La policía española se lo llevaba al calabozo durante algo menos de un día a comienzos de noviembre. La culpa, asegura, la tuvo su curiosidad. Vio una máquina expendedora de billetes en Atocha estropeada, se puso a investigar y descubrió que todos los archivos donde se guardaban las tarjetas de crédito de los clientes estaban accesibles en Internet, sin cifrar.

Cumple todos los requisitos para cubrir un puesto que no se publica en los listados de Linkedin, sino que se demuestra poniendo a prueba contraseñas, sistemas de seguridad, vigilancia y control. Sus formas rozan la frontera de la ley. Según Glassdoor, una web de comparación de perfiles y salarios, el salario de este tipo de háckers oscila entre 180.000 y el millón de dólares. Los expertos consultados prefieren no dar su suelto exacto, pero asegura que no se corresponde con la realidad.

“Mandé un correo a Renfe, pero nadie dijo nada”, se excusa con cara de no haber roto un plato. Profundizó en su conocimiento hasta alcanzar la hazaña que todo hácker sueña, presentar el caso en la DEFCON, la conferencia anual en Las Vegas. “Normalmente lleva más tiempo, introducirse en un sistema es sencillo de contar, pero tiene mucha reflexión y estrategia detrás”, aclara.

El salario de este tipo dehácker profesional oscila en EE UU entre 180.000 y un millón de dólares

Tras la charla comenzó su persecución, cuando su travesura comenzó a cobrar rango de hazaña. Por suerte, un acuerdo verbal y el compromiso de ayudar a solventar el fallo fueron suficiente para recobrar la libertad.

Entre el público se encontraba otro joven español, A. P., mánager senior de una empresa estadounidense, que también prefiere reservar su identidad. Allí mismo, se fijó en su compatriota. “Este tipo es peligroso, pero creo que lo podemos convertir”, pensó. Entonces habló con su jefe y su paisano entró a trabajar como penetration hacker (experto en colarse). En agosto hizo un año que comenzó la relación laboral y en octubre cumplirá el primero en San Francisco.

Esta modalidad va más allá de pantallas y teclados. Si hace falta físicamente, o con un disfraz, por todos los medios posibles en las empresas hasta conseguir una base de datos concreta, la clave del garaje o el sistema de turnos. “Me lo tomo como un reto y me pagan, muy bien, por romper cosas”, confiesa en el argot, para referirse a reventar la seguridad.

La pizza es su mejor aliada. “A todo el mundo le gustan, así que haces de repartidor y tienes el acceso casi asegurado a muchísimos lugares”, dice con expresión pícara. Nunca se ha lucrado por los ataques, es lo que se llama “sombrero blanco”, búsqueda de errores para alertar de los mismos, documentarlo y que se corrijan. Solo ataca a su compañía y a empresas integradas en esta. Una decena en los últimos dos años y varios edificios por toda la Bahía. El trabajo no termina nunca. Las comprobaciones son constantes. Cuando termina, comienza la ronda de nuevo para buscar nuevas filtraciones.

Quizá no sea el chico más popular de su empresa: “Pisas demasiados callos como para caer bien. A nadie le gusta que le digan que lo ha hecho mal, pero reflexionan y se dan cuenta de que es bueno ponerse a prueba”. A. P. dice que le parece natural que haya fallos: “La proporción es indicativa. Por cada 12 o 15 que crean algo, hay uno para ponerlo a prueba. Los humanos cometemos errores, por supuesto”. Él busca los que haya en el software. A. G. I. usa la ingeniería social, algo así como el conocimiento de los mecanismo humanos para caer en trampas. “El hombre es el eslabón más débil de la cadena. Donde hay un persona, puede haber una vulnerabilidad”, apunta.